La mayor de las barbaries. Por Juan Guillermo Padilla

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Miguel Ángel Blanco tenía 29 años, acababa de terminar la carrera de Empresariales, consiguió su primer empleo y en poco tiempo iba a contraer matrimonio con su novia. Tenía toda la vida por delante. Pero no se conformó con eso, no entendía que en el País Vasco alguien pudiera disfrutar de una vida normal mientras que miles de personas eran vapuleadas sin remedio por una banda mafiosa que osaba hablar en nombre de los ciudadanos de Euskadi. Y por eso tuvo la valentía de afiliarse a uno de esos partidos vascos señalados por esa banda terrorista, y por eso no renunció a su acta de concejal del Partido Popular a pesar de saberse aún más señalado si cabe, porque iba a defender desde su Ayuntamiento, el de Ermua, y desde la palabra como arma para remover conciencias lo que otros defendían desde sus zulos y con sus pistolas.
 
Migue –como le gustaba que le llamasen- era un hombre valiente. Comprometido con los valores por los que muchos ciudadanos sufren, día a día, el aplastante aliento en la nuca de la banda terrorista ETA: la libertad, la Constitución y el derecho a pensar, actuar y expresarse sin que nadie ose poner trabas. Por eso lo secuestraron. Por eso le mataron tras dos días de sufrimiento inhumano, de una injusticia sin parangón en la historia de nuestra democracia. Porque no podían someterlos a todos. Porque no podían implantar la dictadura del pensamiento único en el País Vasco. Porque España entera había visto, apenas unas horas antes, la verdadera cara de esta banda de asesinos reflejado en el rostro de José Antonio Ortega Lara y necesitaban un golpe de efecto, algo que conmocionará a la sociedad hasta tal punto que lográramos entender la verdadera dimensión que puede alcanzar el odio sin límites que envuelve a ETA. Aquel golpe parecía inminente, pero aquella respuesta, aquel crimen a cámara lenta era tan cruel que a día de hoy aún cuesta digerirlo.
 
Fue un acto inhumano. Le abordaron en Eibar, donde Miguel Ángel trabajaba, lo llevaron hasta un coche a punta de pistola y amenazaron con matarle en 48 horas si el Gobierno de José María Aznar no cedía ante sus pretensiones. Aquel Gobierno no cedió, pues sabía perfectamente que tras la primera cesión viene el resto. Que ETA es un animal que hay que dejar morir de inanición. Hubiera dado igual, aunque hubieran trasladado a los presos, aunque los hubieran liberado, incluso si los hubieran llevado en taxi a las puertas de sus casas el esfuerzo hubiera sido en vano, pues la orden ya estaba dada. A Migue le habían dado dos días de vida y eso no habría cambiado bajo ninguna circunstancia.
Cuando pasaron las 48 horas llevaron al joven valiente hasta un bosque cercano, le pusieron de rodillas, con los ojos vendados, atados de pies y manos y le descerrajaron dos tiros en la cabeza.
Mataron al hijo, al hermano de una familia humilde, trabajadora, ejemplar. Una familia que con su entereza, con su capacidad para subyugar ese dolor –inimaginable- ganó nuestros corazones. Desde ese mismo momento, la familia de Miguel Ángel se convirtió en nuestra propia familia. Se convirtió en un símbolo, en una razón más para no desfallecer en nuestra lucha por la libertad. No creo que haya nadie que no se estremezca al oír a la madre de Miguel Ángel sentir esperanzas de que la muerte de su hijo fuera la última, que aquel asesinato tuviera algún tipo de sentido, por imposible que parezca. Pero aquella barbarie fue para la banda un capítulo más. Creo, sinceramente, que nadie en esa factoría de desalmados que es ETA sintió el más mínimo remordimiento, ni siquiera la más ínfima punzada en sus conciencias que les llevara a la reflexión.
Pero la sociedad sí comprendió la magnitud del desafío. Aquella España que no se resignó planteó a ETA un reto mayor que el de la amenaza: el sentimiento de que jamás se rendirían ante la coacción criminal. Los españoles aceptaron el desafío y lo hicieron con la palabra y la razón.
 
España entera pidió a la banda clemencia. Pero en vez de una oportunidad para la paz y el entendimiento, la banda ejecutó la sentencia. ETA había hecho oídos sordos a las millones de personas que se manifestaron en todas las ciudades de España, sólo en Madrid salieron a la calle casi dos millones de almas. Sin fisuras. Todos con una misma voz y un mismo anhelo: la liberación de Miguel Ángel y el fin de ETA. Un espíritu bautizado con el nombre del pueblo donde residía el joven popular: el Espíritu de Ermua. Parece mentira que tuviera que ser aquella barbarie la que nos uniera. Parece mentira que tuviera que derramarse la sangre de casi un millar de personas hasta que nos dimos cuenta de lo importante que es la cohesión política y social para acabar con ETA. Parece mentira que hasta ese momento las víctimas no recibieran el apoyo unánime de la sociedad. Parece mentira que a día de hoy este espíritu haya desaparecido merced a un Gobierno irresponsable y a un partido, el PSOE, con una escalofriante tendencia a defenestrar a quienes no comulgan con las tesis oficiales de sus líderes, aunque esas tesis estén cargadas de ignominia. ¿Qué fue de Redondo Terreros, aquel líder del PSE que aparcó las diferencias con el PP con el fin de liberar al País Vasco de la opresión nazionalista –la z no es un error-? ¿Qué ocurrió con Mikel Buesa, Rosa Díez, Gontzone Mora, Iñaki Ezquerra, Maite Pagazaurtundua y demás líderes del socialismo vasco que preferían la foto con las víctimas a la instantánea con la abogada de Arnaldo Otegi? Todos han sido sacrificados para saciar el hambre de la bestia.
No nos engañemos –y que no traten de engañarnos-, el único partido que ha preferido escapar de Ermua ha sido el que ostenta el Gobierno, el que comanda el Sr. Zapatero. Otros seguimos donde estábamos en el 97: comprometidos con la libertad, con las víctimas y con la DERROTA del terrorismo.
 
Diez años después ni podemos ni queremos olvidar el asesinato de Miguel Ángel. Su ejemplo, el de una vida que valió por todo un país y una sociedad, será indeleble. Y mientras exista un sólo ciudadano que conserve su recuerdo, el Espíritu de Ermua seguirá vigente.